Carta abierta de una Médica a su Médico: contra la violencia de género

Interesante carta de una médico de familia  difundida en la lista MEDFAM. Con su autorización la cuelgo hoy en nuestro blog.  Creo que ayuda a la reflexión de nuestro papel como médicos de familia ante la violencia de género.

Carta abierta de una Médica a su Médico

Tú puedes ser la próxima

Médicas, azafatas, abogadas, amas de casa, actrices, secretarias, celadoras, locutoras de radio, ministras La violencia de género no tiene un nicho ecológico definido sobre el que imponer su demoledor dominio. Tristemente podemos decir que la violencia de género es cosa de todas.

Por eso, si yo fuera una mujer maltratada, o por si llego a serlo, me gustará pensar que el sistema sanitario español está preparado para atenderme. No sólo si llego a urgencias con un pómulo roto. Los médicos saben bien suturar, pero ¿con qué hilo se cosen las heridas del alma? ¿cuánto tardan en cicatrizar? Detrás de cada agresión física hay un infierno previo, sin grandes llamaradas, oculto, sutil, perverso, confinado a la intimidad de una relación asfixiante y humillante, envuelta en una tela de araña que no es fácilmente reconocible ni para la mujer que la sufre ni para los profesionales que la atienden.

Ya sé que es difícil, pero me gustará pensar que los médicos tienen suficientes conocimientos y habilidades, y una actitud de escucha reflexiva, empática y atenta, que les impidan ser maleficentes. Si me siento sola y desnuda, en medio de una tormenta de nieve en Siberia, descalza, con los pies congelados. no me gustaría ver en la mirada del médico que me atiende algo así como un reproche: no sé  por qué no coges un abrigo y te vas. A este bienintencionado médico le diría: ¿a dónde?, ¿cómo?, ¿dónde llevo a mis hijos? ¿dónde meto el miedo?. Si te pido que no des parte al juez, no te ofendas, no quiero meterte en líos, pero tampoco quiero que me metas tú. Me dan miedo las decisiones en escopetazo, las mías y las tuyas. Si pudieras acogerme sin juzgarme porque las mujeres maltratadas no somos ni cobardes ni masoquistas, somos víctimas de un proceso de destrucción sistemática de nuestra integridad psicológica y a veces física, víctimas del silencio social que envuelve la violencia como algo normal -todas las parejas tienen diferencias-, víctimas del desconocimiento del ciclo de la violencia y del perfil del maltratador, que a lo mejor es ese paciente de tu cupo, culto, encantador, que no es alcohólico, vamos, imposible.

Que las leyes son importantes lo sé desde hace tiempo, pero también sé que no resuelven todos los problemas. He confiado en ti otras veces, y me gustaría encontrar en ti a un médico que sepa guardar silencio (como decía Tambor, el conejito amigo de Bambi: si al hablar no has de agradar es mejor callar), que aguante el temblor de mi barbilla sin darme una palmadita en la espalda (venga, mujer, no ser para tanto), que me dé el tiempo que necesito mientras retuerzo un pañuelo, con la mirada perdida y los labios apretados porque no encuentro las palabras que nombren lo innombrable, que entienda que para salir de un pozo enfangado hace falta algo mas que voluntad, que reconozca el ovillo que me enreda y envuelve y, si puede, me ayude a tirar del hilo, y si no puede, me ayude a encontrar el sitio donde puedan hacerlo ese ovillo que me asfixia, me ciega, no me deja pensar ni sentir nada más allá del miedo y la desesperación

¿Serías así tú, el médico que me atienda? ¿Sería así yo, que soy mujer y médica de familia? o ¿seré yo la próxima víctima?

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